EMOCIÓNATE, QUE NO PASA NADA

 

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“La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. No puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción” Carl Jung.

       El mundo profesional a menudo se dibuja como una vasta llanura en la que las temperaturas acostumbran a ser muy bajas. Plantear los problemas con inteligencia; reflexionar arduamente cada paso que damos o demorar la toma de decisiones para darnos seguridad, son planteamientos comunes y que nadie con sentido pone en duda. Como recordaba el pintor y escritor Hermann Hesse “La práctica debería ser producto de la reflexión, no al revés”. El raciocinio es un pilar básico de los negocios y su explotación es un buen apoyo para avanzar en nuestras carreras profesionales. Sin embargo, no es la piedra angular ni debe exagerarse su importancia hasta el extremo de convertirlo en el único factor realmente decisivo.

       En nuestros trabajos diarios no todo son números, datos de cuentas, informes, documentos Excel y demás fauna variopinta de lo técnico. Es impensable un trabajo mínimamente satisfactorio o motivador en el que las relaciones humanas no sean fundamentales. Entra pues en juego en la ecuación un mundo emocional y social que es, en realidad, la verdadera base en la que se asienta el mundo profesional. Y el mundo, a secas.

       A nivel anatómico tenemos, incluso, el esquema emocional como anterior y sostenedor del racional. Las investigaciones de LeDoux descubrieron que existen, podríamos decir, dos rutas. La primera sería aquella por la que pasan las señales sensoriales procedentes de los sentidos, del tálamo a la amígdala (cuartel general de las emociones). La otra sería la que va desde el tálamo hasta el neocortex (el cerebro pensante, lo que entendemos por “razón”). La primera es más rápida, incluso evolutivamente es más antigua. De esta manera la amígdala responde antes, las emociones se desatan primero, y, una vez que tenemos una percepción emocional, es cuando el cerebro elabora una respuesta, gracias al neocórtex, más adaptada a la situación. LeDoux precisa que “anatómicamente hablando, el sistema emocional puede actuar independientemente del neocórtex. Existen reacciones y recuerdos emocionales que tienen lugar sin la menor participación consciente”

       En conclusión, la ciencia ha demostrado que las emociones son antes de los pensamientos, no es una mera hipótesis. Valga la siguiente metáfora: los sentimientos ponen los cubiertos en la mesa y el raciocinio adapta la comida a los cubiertos servidos. Si esto es así, ¿por qué empeñarnos en actuar en contra de nuestras emociones, o lo que es peor, obviándolas?

       Cuántas veces pensamos: “esto no me conviene, pero me agrada” pues bien, no es más que esa lucha entre las dos rutas cognitivas. Es un ridículo acallar nuestros sentimientos y pasar a la acción en su contra o como si no existieran. Eso no produciría sino una disonancia en nuestros esquemas mentales que, aunque parezca conveniente y nos de éxitos a corto plazo, harán de nosotros personas que avanzarán hacia un probable fracaso.

       Las emociones son mensajes de nuestro saber adquirido e innato que brotan en nosotros para avisaros, predisponernos a dar una respuesta, entonces lo racional entra en juego y damos esa respuesta más perfilada a las conveniencias circunstanciales y sociales.

       Podríamos entonces decir que un primer error al experimentar un proceso emocional es ir en su absoluta contra u obviarlo. Pues bien, otro error no menos frecuente es el de interpretar falazmente los sentimientos, o lo que es lo mismo, intentar engañarnos a nosotros mismos. Podremos mentir a otras personas acerca de ello pero no a nosotros, estaríamos en otra disonancia que genera conflictos de autoconocimiento (concepto básico a tener claro para disponer de una buena salud psicológica).

       Ante un estímulo existen una gran variedad de respuestas emocionales posibles que resultan de la combinación de las llamadas “emociones básicas”. Aunque según estudios recientes por expertos del Instituto de Neurociencia y Psicología de Universidad de Gasglow existen solo cuatro emociones básicas (Rachel E. Jack, Oliver G.B. Garrod, Philippe G. Schyns. Dynamic Facial Expressions of Emotion Transmit an Evolving Hierarchy of Signals over Time) tradicionalmente se las ha enumerado como sigue: enojo, miedo, felicidad, amor, sorpresa, desagrado y tristeza. (He preferido recoger la clasificación tradicional por darnos un abanico más amplio a conocer puesto que el estudio citado cree que algunas de ellas comparten rasgos comunes y por lo tanto pueden “reducirse” para ser cuatro “básicas”). Cada una de ellas es perfectamente reconocible y lleva asociadas unas reacciones físicas que no procede detallar en este momento, lo importante es tener claro que no podemos recibir un estímulo y no sentir nada. O sentimos una cosa, o la otra, o varias, pero la apatía no es factible por mucho que se use de herramienta excusable.

       Por lo tanto, cuando estamos en un entorno profesional, al igual que en el personal, estamos interactuando continuamente con otras personas. Tenemos a nuestro jefe, a nuestro responsable; a nuestros iguales en el organigrama; a los subordinados; personas “ajenas” a nuestro trabajo (personal de limpieza, por ejemplo), etc. Cuando tomamos una decisión de negocio no la hacemos solos, con nosotros juegan otras personas y la responsabilidad de ello es fundamental puesto que muchas veces arrastran a otros y los efectos son tan extensibles que afectan a personas desconocidas con las que probablemente nunca ni siquiera nos crucemos. Es la asunción de la responsabilidad lo que diferencia a una persona madura y saludable de una que no lo es, de nada sirve la autoridad con tiranía o el compañerismo con competitividad canina. Lo que es correcto todos lo tenemos claro, nadie quiere, sobre el papel, perjudicar a un desconocido y mucho menos a un allegado, pero cuando tenemos que actuar, a veces lo obviamos. Rechazamos nuestros mensajes emocionales por un fin profesional o personal.

       El engagement, segunda mayor preocupación de las empresas, según el informe “Bersin by Deloitte”, tendría una solución más cercana si se le dieran a las emociones y su repercusión en la responsabilidad la importancia que realmente han de tener. Si se pensara con la tan desgastada nominalmente inteligencia emocional, cuyo componente empático no es más que esa capacidad de percibir las emociones ajenas sin necesidad de que nos pasen nota de prensa, y no con esa fijación, en ocasiones enaltecida, por las cuentas, se adoptarían estrategias de gestión de personal más humanas y conciliadoras, que harían del compromiso un gran fuerte de nuestra organización.

       En definitiva, es importante cuadrar cuentas, pensar en estrategias de business intelligence basándonos en los datos, pero no por eso hemos de obviar el gran mar de señales emocionales que inundan las oficinas de todo el mundo y actuar en consecuencia. Es también información y está en la ecuación del mundo profesional.

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