Sábete y hazte

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      John Mayer es un reputado psicólogo de la Universidad de New Hampshire que, junto a Peter Salovey, también psicólogo y actual la presidente de la Universidad de Yale, formularon la llamada “Teoría de la Inteligencia Emocional”. En ella destacan la importancia del autoconocimiento como importante recurso y fundamento de dicha inteligencia. ¿Qué es, entonces, ser consciente de uno mismo?, según estos autores  consiste en: “Ser consciente de nuestros estados de ánimo y de los pensamientos que tenemos acerca de esos estados de ánimo”. Esto supone una sensibilidad que va más allá de pensar “no debería sentir eso” al darse cuenta de las propias emociones, o “estoy pensando cosas positivas para animarme”, según palabras de Goleman.

      Mayer descubrió que  ser consciente de los sentimientos e intentar transformarlos, no son dos pasos tan diferenciados sino que van de la mano, puesto que tomar consciencia de un estado de ánimo negativo conlleva necesariamente el intento de desembarazarnos de él. Es conocer y es actuar.

      Este autoconocimiento es el resultado de un proceso meditado de autoconsciencia, de análisis, reflexión y tiempo, es decir, supone un esfuerzo tanto intelectual como emocional, no ocurre porque sí. No en vano San Agustín, muy consciente del poder que da el saber de uno mismo, hacía referencia a ello “Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida”. Hablaba de “pereza” porque, como bien sabemos, no existe pereza sin esfuerzo. En ésta línea es curioso como obviamos muchas veces nuestra salud emocional incluso despreciamos su importancia pero gustamos de olisquear los huesos de “las vidas ajenas” con un deseo de con ello poner remiendos a los descosidos de nuestra plenitud.

      Siguiendo con el tema que nos ocupa, el autoconocimiento tampoco trata de sentarse en el suelo y decir: “voy a conocerme, voy a pensar”; consiste en echarle un vistazo a nuestros adentros, racionalizar y tomar consciencia de nuestros sentimientos, según se sucedan acontecimientos en nuestras vidas que nos hagan desatar procesos emocionales, sin perjuicio, por supuesto, de sesiones de autoestudio más dedicadas. En este sentido, existen numerosas herramientas creadas con el objetivo de conocernos a nosotros mismos, muy utilizadas por el coaching, como la famosa “línea de la vida” o el “diario de emociones” que pueden ayudarnos, si tenemos dificultades, a arrancar la maquinaria de la autopercepción o a perfeccionar y aumentar las miras de nuestros procesos de conocimiento, si ya están encendidos.

      El fin último de estos procesos es conocer las motivaciones, deseos, opiniones, anhelos, valores (y un largo) etc, para así comprender mejor porqué se reacciona de determinada forma ante algunos estímulos o situaciones, actualizar nuestros comportamientos en consecuencia y, en definitiva, tomar el control de la propia vida.

De todos los conocimientos posibles el más sabio y útil es conocerse a sí mismo”

Shakespeare

      Según las investigaciones de Mayer, las personas se puedenclasificar en tres grandes grupos en cuanto a la forma de atender o tratar con sus emociones, aunque (opino que) no debemos de considerarlo una clasificación taxativa porque en determinado momento una persona puede responder de acuerdo a un grupo o a otro en función de distintos factores situacionales, personales o de intensidad del estímulo desencadenador de la emoción. Dichaclasificación es la siguiente:

La persona consciente de sí misma: Goza de una vida personal más desarrollada, de claridad de sus estados de ánimo. Ello las convierte en personas autónomas y seguras de sus propias fronteras, son psicológicamente sanas y tienen una visión positiva de la vida. Cuando caen en un estado de ánimo negativo, no le dan vueltas por lo que no tardan en salir de él, es decir, su atención, les ayuda a controlar sus emociones.

La persona atrapada en sus emociones: suelen sentirse desbordadas por sus emociones por lo que no son capaces de escapar de ellas. Acostumbran a ser volubles con una falta de perspectiva respecto de sus sentimientos por lo que pueden sentirse abrumados y percibir que no controlan sus estados de ánimo negativos mostrando dificultad para salir de ellos.

La persona que acepta resignadamente sus emociones: perciben con claridad lo que sienten habitualmente pero lo aceptan pasivamente y no pasan a la acción para intentar cambiarlo. Dentro de este grupo, Mayer distingue aquellos que suelen estar de buen humor pero poco motivados para cambiar su estado de ánimo; y aquellos que son proclives a estados de ánimo negativos y no tratan de cambiarlos adoptando actitud de laissez-faire.

      Un criterio diferenciador común en los grupos, más allá del conocimiento teórico de uno mismo, es la capacidad de acción. De nada sirve saber qué tenemos que hacer si no lo hacemos por miedo, pereza o vergüenza de la misma manera que de poco nos renta saber hablar sino hablamos. Sólo mediante la puesta en práctica de nuestro conocimiento podremos mejorar este, intervenir nuestras vidas laborales y profesionales y darnos la importancia que nos merecemos al obtener tangibles o intangibles útiles y satisfactorios.

      El citado San Agustín decía “Conócete, acéptate, supérate”. Es, por tanto, un “círculo beneficioso” en el que tras la aceptación de nosotros mismos y la consecuencia de nuestros objetivos, tendremos nuevo material sobre nosotros a conocer, nuevos retos que afrontar y así sucesivamente.

      Se trata, en definitiva, de un proceso de crecimiento personal que nunca termina y que puede hacernos ser alguien que hoy por hoy no seríamos capaces de, ni tan siquiera, prever. ¿Cómo sabes qué serás, sino sabes quién eres?

MOTIVACIÓN, EL DIÉSEL DEL LOGRO

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        La motivación se ha convertido en el redundante de las charlas sobre éxito, a veces exacerbado hasta parecer el caballo blanco que convierte a quién lo cabalgue en la persona dichosa que siempre quiso ser.

      Lo que es, casi siempre se tiene claro, Robbins, autoridad del cambio y del crecimiento personal define la motivación como aquello que impulsa una persona a actuar de una determinada manera o, por lo menos,    que origina una propensión hacia un comportamiento.

      Sin embargo, vivimos en una sociedad exitocrática en la que se valora la meta y no tanto los medios, y, es precisamente, el error en los presupuestos lo que frustra el objetivo. No podemos alcanzar el tan ansiado éxito si no tenemos fuentes de motivación adecuadas, no brota de la tierra, viene de fuera y de dentro ¿Cuáles son esas fuentes?

      Hendrie Weisinger, consultor y doctor en filosofía de la Universidad de Kansas, nos dice que la motivación ha de venir de:

      -El “equipo A”: amigos comprensivos y familiares.

      -El mentor emocional: persona que tomamos de ejemplo.

      -Nuestro entorno: aire, luz, sonidos, etc.

      -Nosotros mismos.

      El problema aparece cuando nos damos cuenta mirando a nuestro alrededor que tenemos amigos y familiares, tenemos mentores, pero nos quedamos ahí. No buscamos la motivación en nosotros mismos, hacemos depender, nada menos que el motor de nuestra vida, de agentes externos. Así perdemos nuestraidentidad emocional progresivamente hasta acabar convirtiéndonos en barquitos de nuez a merced del agua que nos muevan.

            ¿Qué pasa con la automotivación?

      ¿Qué pasa con una de los componentes clave de una inteligencia emocional desarrollada y saludable?

      No se trata de ser un ave fénix que resurge de sus cenizas continuamente; ni de estar haciendo siempre lo que nos apasione; ni tampoco del desgastado hasta el hartazgo “si te caes te levantas” o frases similares sobre pisarnos los cordones de los zapatos. Se trata de darse cuenta de qué problemas nos encontramos, adoptar estrategias más eficientes y renovar nuestra praxis hasta que nos “atemos los cordones” por nosotros mismos. A fin de cuentas es nuestra vida y nosotros somos los pilotos.

      Ser una persona automotivada significa darnos, mirando a nuestros adentros, aquellas razones, “motivos”, que provoquen en nosotros cambios comportamentales. Dirigir nuestro estado de ánimo para ser efectivos en la consecución de nuestras metas y no cargar a los demás con nuestra mochila.

      Otro problema que con frecuencia existe cuando hablamos de la motivación interna está relacionado precisamente con las “metas”. La motivación se dirige hacia ellas y cuanto más lejos queremos llegar más gasolina necesitamos. Tenemos que mirar a corto, o, como mucho, medio plazo. Ya lo decía Emilio Duró en su charla viralizada: “No hay nada más peligroso que un tonto motivado”.  La persecución de un objetivo a largo plazo necesita de dosis de motivación muy altas lo quiere decir que nuestros impulsos internos han de ser incombustibles y los agentes externos han de estar mirando muy lejos. Ello tiene bastante probabilidad de redundar en un empobrecimiento de la calidad de sus “inyecciones” de motivación e incluso tener repercusión en nuestras relaciones sociales al correr el riesgo de perder la capacidad de autocrítica.

      En definitiva, hemos de cuidar de nuestra salud emocional siendo lo más autosuficientes en motivación que nos sea posible para así ser los directores de nuestras propias vidas profesionales y personales. La motivación externa es un gran apoyo y un componente fundamental, pero no hemos de confundirlo con el todo. La autocrítica y la automotivación han de ser las herramientas que tengamos en nuestro cinturón de trabajo y, como tales, están para trabajar.

-Este artículo ha sido publicado originalmente, en la revista “La Nueva Ruta del Empleo“.

EMOCIÓNATE, QUE NO PASA NADA

 

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“La emoción es la principal fuente de los procesos conscientes. No puede haber transformación de la oscuridad en luz ni de la apatía en movimiento sin emoción” Carl Jung.

       El mundo profesional a menudo se dibuja como una vasta llanura en la que las temperaturas acostumbran a ser muy bajas. Plantear los problemas con inteligencia; reflexionar arduamente cada paso que damos o demorar la toma de decisiones para darnos seguridad, son planteamientos comunes y que nadie con sentido pone en duda. Como recordaba el pintor y escritor Hermann Hesse “La práctica debería ser producto de la reflexión, no al revés”. El raciocinio es un pilar básico de los negocios y su explotación es un buen apoyo para avanzar en nuestras carreras profesionales. Sin embargo, no es la piedra angular ni debe exagerarse su importancia hasta el extremo de convertirlo en el único factor realmente decisivo.

       En nuestros trabajos diarios no todo son números, datos de cuentas, informes, documentos Excel y demás fauna variopinta de lo técnico. Es impensable un trabajo mínimamente satisfactorio o motivador en el que las relaciones humanas no sean fundamentales. Entra pues en juego en la ecuación un mundo emocional y social que es, en realidad, la verdadera base en la que se asienta el mundo profesional. Y el mundo, a secas.

       A nivel anatómico tenemos, incluso, el esquema emocional como anterior y sostenedor del racional. Las investigaciones de LeDoux descubrieron que existen, podríamos decir, dos rutas. La primera sería aquella por la que pasan las señales sensoriales procedentes de los sentidos, del tálamo a la amígdala (cuartel general de las emociones). La otra sería la que va desde el tálamo hasta el neocortex (el cerebro pensante, lo que entendemos por “razón”). La primera es más rápida, incluso evolutivamente es más antigua. De esta manera la amígdala responde antes, las emociones se desatan primero, y, una vez que tenemos una percepción emocional, es cuando el cerebro elabora una respuesta, gracias al neocórtex, más adaptada a la situación. LeDoux precisa que “anatómicamente hablando, el sistema emocional puede actuar independientemente del neocórtex. Existen reacciones y recuerdos emocionales que tienen lugar sin la menor participación consciente”

       En conclusión, la ciencia ha demostrado que las emociones son antes de los pensamientos, no es una mera hipótesis. Valga la siguiente metáfora: los sentimientos ponen los cubiertos en la mesa y el raciocinio adapta la comida a los cubiertos servidos. Si esto es así, ¿por qué empeñarnos en actuar en contra de nuestras emociones, o lo que es peor, obviándolas?

       Cuántas veces pensamos: “esto no me conviene, pero me agrada” pues bien, no es más que esa lucha entre las dos rutas cognitivas. Es un ridículo acallar nuestros sentimientos y pasar a la acción en su contra o como si no existieran. Eso no produciría sino una disonancia en nuestros esquemas mentales que, aunque parezca conveniente y nos de éxitos a corto plazo, harán de nosotros personas que avanzarán hacia un probable fracaso.

       Las emociones son mensajes de nuestro saber adquirido e innato que brotan en nosotros para avisaros, predisponernos a dar una respuesta, entonces lo racional entra en juego y damos esa respuesta más perfilada a las conveniencias circunstanciales y sociales.

       Podríamos entonces decir que un primer error al experimentar un proceso emocional es ir en su absoluta contra u obviarlo. Pues bien, otro error no menos frecuente es el de interpretar falazmente los sentimientos, o lo que es lo mismo, intentar engañarnos a nosotros mismos. Podremos mentir a otras personas acerca de ello pero no a nosotros, estaríamos en otra disonancia que genera conflictos de autoconocimiento (concepto básico a tener claro para disponer de una buena salud psicológica).

       Ante un estímulo existen una gran variedad de respuestas emocionales posibles que resultan de la combinación de las llamadas “emociones básicas”. Aunque según estudios recientes por expertos del Instituto de Neurociencia y Psicología de Universidad de Gasglow existen solo cuatro emociones básicas (Rachel E. Jack, Oliver G.B. Garrod, Philippe G. Schyns. Dynamic Facial Expressions of Emotion Transmit an Evolving Hierarchy of Signals over Time) tradicionalmente se las ha enumerado como sigue: enojo, miedo, felicidad, amor, sorpresa, desagrado y tristeza. (He preferido recoger la clasificación tradicional por darnos un abanico más amplio a conocer puesto que el estudio citado cree que algunas de ellas comparten rasgos comunes y por lo tanto pueden “reducirse” para ser cuatro “básicas”). Cada una de ellas es perfectamente reconocible y lleva asociadas unas reacciones físicas que no procede detallar en este momento, lo importante es tener claro que no podemos recibir un estímulo y no sentir nada. O sentimos una cosa, o la otra, o varias, pero la apatía no es factible por mucho que se use de herramienta excusable.

       Por lo tanto, cuando estamos en un entorno profesional, al igual que en el personal, estamos interactuando continuamente con otras personas. Tenemos a nuestro jefe, a nuestro responsable; a nuestros iguales en el organigrama; a los subordinados; personas “ajenas” a nuestro trabajo (personal de limpieza, por ejemplo), etc. Cuando tomamos una decisión de negocio no la hacemos solos, con nosotros juegan otras personas y la responsabilidad de ello es fundamental puesto que muchas veces arrastran a otros y los efectos son tan extensibles que afectan a personas desconocidas con las que probablemente nunca ni siquiera nos crucemos. Es la asunción de la responsabilidad lo que diferencia a una persona madura y saludable de una que no lo es, de nada sirve la autoridad con tiranía o el compañerismo con competitividad canina. Lo que es correcto todos lo tenemos claro, nadie quiere, sobre el papel, perjudicar a un desconocido y mucho menos a un allegado, pero cuando tenemos que actuar, a veces lo obviamos. Rechazamos nuestros mensajes emocionales por un fin profesional o personal.

       El engagement, segunda mayor preocupación de las empresas, según el informe “Bersin by Deloitte”, tendría una solución más cercana si se le dieran a las emociones y su repercusión en la responsabilidad la importancia que realmente han de tener. Si se pensara con la tan desgastada nominalmente inteligencia emocional, cuyo componente empático no es más que esa capacidad de percibir las emociones ajenas sin necesidad de que nos pasen nota de prensa, y no con esa fijación, en ocasiones enaltecida, por las cuentas, se adoptarían estrategias de gestión de personal más humanas y conciliadoras, que harían del compromiso un gran fuerte de nuestra organización.

       En definitiva, es importante cuadrar cuentas, pensar en estrategias de business intelligence basándonos en los datos, pero no por eso hemos de obviar el gran mar de señales emocionales que inundan las oficinas de todo el mundo y actuar en consecuencia. Es también información y está en la ecuación del mundo profesional.