ADÁPTATE O ME ADAPTO…O VICEVERSA

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     Marcus Samuel, junto a su hermano, montó un negocio para la venta de conchas marinas y moluscos raros a coleccionistas ingleses, era un buen medio de vida con mercado suficiente que prosperó en poco tiempo. Pronto ampliaron fronteras para sus búsquedas hasta llegar al mar Caspio, cuando, en 1892, Samuel vio un nuevo filón que podría ampliar su negocio: extracción y exportación de aceite para lámparas (aquellas antiguas lámparas de las películas que cuando se caían al suelo producían un incendio como si de un cóctel molotov se tratara). Para ello puso en marcha el primer barco de la historia preparado para transportar petróleo, el “Murex”, el primero de una enorme flota.

     Hoy en día de la búsqueda de moluscos sólo queda el recuerdo en su logo empresarial: la concha de Shell, que cuenta con cerca de 93.000 empleados en todo el mundo y es una de las principales compañías petroleras del planeta.

     Podemos ponerle distintos disfraces: estrategia empresarial; visión de conjunto; aprovechamiento de recursos o, sencillamente, podemos llamarle suerte. Lo que yo creo es que Marcus Samuel tenía un negocio rentable, tenía medios, dinero, podía acomodarse y seguir siendo el magnatillo que era; sin embargo, cuando se encontró la oportunidad supo aprovecharla y convertirse en un gigante. Pensándolo bien: ¿Aprovechó la oportunidad? o más bien: ¿creó la oportunidad?  El recurso estaba ahí y pocos se dedicaban a surcar los fondos marinos buscando conchas, así que tuvo poca sombra. No obstante ello no quita el mérito de que tuvo éxito adaptándose a las exigencias de una nueva oportunidad. Armó el “Murex” y comenzó a crear un ejército que movía petróleo por mar aprovechando sus recursos disponibles (aunque no eran pocos)

     Ahora bien, la adaptación a nivel de negocio, es sólo una consecuencia refinada de la adaptación del ser humano “per sé”. La adaptabilidad, a nivel neuronal, es una conjunción de nuestra faceta racional y de nuestra faceta emocional por lo que es imposible entender la una sin la otra; utilizamos ambas capacidades cognitivas para adaptarnos. Por mucho que seamos conscientes de que la adaptación es algo necesario en un momento determinado, sino lo sentimos, es decir, si no tenemos emociones al respecto que nos movilicen (recordemos que el término “emoción” proviene de “mover”), el proceso de adaptación será un fracaso. Del mismo modo, si sentimos que queremos cambiar pero no sabemos cómo, no lo racionalizamos, fallaremos. Es probable que en alguna circunstancia nos parezca imposible que nos adaptemos a algo, pero no es más que un sesgo producido por el miedo al cambio del que podemos librarnos; pensemos, sin ir más lejos, que el ser humano se ha adaptado a vivir en cualquier lugar, incluso los más inhóspitos, salvo aquellos extremos en los que físicamente no es posible.

      De la misma manera que para entender la adaptabilidad hay que asumir lo racional y lo emocional, no podemos obviar su interrelación con la resiliencia y la flexibilidad. De ellas hablaré en futuros posts.

“No puede impedirse el viento. Pero pueden construirse molinos”

     Continuando con lo expuesto quisiera hablar de un error muy frecuente que genera efectos muy negativos, hablo de La Epidemia del “tú primero”. No es algo que se cierna al entorno de las organizaciones, lo encontramos continuamente en nuestras vidas personales, en la calle, en los centros comerciales, en definitiva, casi donde quiera que miremos. Es habitual que, en un alarde de egoísmo, o, dicho de forma eufemística, de error en nuestra percepción, queramos que el prójimo se adapte a nosotros. Forzamos el cambio de los demás cuando somos diferentes y hay ciertas incompatibilidades. Esto llevado al extremo hace que nos abriguemos en nuestra “zona de confort” (qué término tan desgastado, por cierto) e incluso llevarnos a evitar todo tipo de contacto con aquellos que son diferentes a nosotros, para protegernos o para evitarnos malos tragos.

     Otro error que se presenta en no pocas ocasiones, y pasando más abiertamente al tema de las organizaciones, es el de culpar por sistema al trabajador de carencia de habilidad de adaptación sin pararse a reflexionar si el empresario no tiene ninguna responsabilidad. Si podemos considerar fundamental que la organización no ha de amoldarse a cada trabajador estrictamente puesto que estaríamos en un proceso de mutación sistemática imposible de mantener, debemos estimar también que existen multitud de herramientas para encontrar puntos de acercamiento. Sistemas de retribución variable adecuados; estudio de las necesidades personalizadas de cada trabajador; puesta en operativo de distintos canales de comunicación… son algunas de los ingredientes que pueden implementarse para que el proceso adaptativo sea bilateral y desemboque en una relación contractual más satisfactoria. El “engagement” se ve facilitado por una correcta adaptación.

     ¿Cuántas veces nos topamos con puestos de trabajo (normalmente en pequeñas empresas) en los que se prefiere gente sin experiencia, no sólo por la menor retribución, sino porque no tienen “vicios”? Esto no es más que un error de bulto de los empleadores que consideran que el trabajador es una plastelina andante obligada a amoldarse a sus caprichos. No quisiera ser malinterpretado, por lo que recalco que es algo mutuo y, por supuesto, el trabajador ha de adaptarse también y de manera primordial.

     En conclusión: la adaptabilidad o capacidad de adaptación es un engranaje fundamental de la inteligencia emocional, no debemos abandonar su trabajo, entrenamiento, implementación y comprensión si queremos unas relaciones humanas y laborales más fructuosas. Existen tantas modalidades organizativas como trabajadores contenga la compañía, o personas nos encontremos, si hablamos de nuestro mundo personal, por lo que la flexibilidad emocional y conductual no sólo es importante, sino clave en el éxito al que tanto se le intenta echar “el guante”

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